“El Señor conoce tu corazón”

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Esta frase es taaan común hoy en día pero, si les digo la verdad, cada vez que la oigo me horrorizo. “¿Por qué? Si Dios conoce los corazones”, bueno, sí, es verdad que el Señor lo sabe todo y no hay nada que de su presencia se esconda (Salmos 139:7), pero tengo la impresión de que se expresa por las razones incorrectas, adjudicando mérito al hombre, lo que convertiría esa oración en una declaración antropocéntrica. ¿Incómodo?

El ser humano tiende a pensar de sí mismo que su criterio e intenciones son siempre las mejores, que la moralidad le otorga un grado de bondad y superioridad que otros que hacen su grado de maldad más evidente. Pero la verdad es que todos estamos muertos en nuestros delitos y pecados (Efesios 2:1), somos enemigos de Dios (Romanos 5:10a) y estamos destituidos de su gloria (Romanos 3:23). ¡UH! ¡Pero eso es muy rudo! Si ahondas en las Escrituras encontrarás que el diagnóstico que Dios da de nosotros es realmente espantoso, tanto que al mirar a nuestro propio corazón bajo la luz de la Santidad de Dios debería provocarnos miedo, repulsión y dolor.

Vamos, profundiza en la Palabra y verás con asombro quien Dios dice que eres -que somos- en la naturaleza adámica. Incapaces de buscar a Dios, aborrecedores de la santidad, sus enemigos.

Lo siento, sé que este no es un discurso motivacional de los que ahora abundan en las redes, pero tampoco es un texto inclinado hacia la depresión. El punto que intento hacer ver es que cuando decimos “El Señor conoce tu/mi corazón”, debemos tener plena conciencia de que nuestro corazón es perverso y engañoso (Jeremías 17:9) y que por sí mismo solo es una piedra seca e insensible. Es precisamente por el hecho de que Dios conoce nuestro corazón y nuestra condición que se acuerda de que somos polvo (Salmos 103:14), y por eso ha dado a su Hijo Jesucristo en rescate por muchos (Juan 3:16).

La biblia declara quiénes somos EN CRISTO JESÚS. El que tiene al Hijo, tiene la vida, el bautismo, el sello, el perdón. No podría acercarme confiadamente a Dios si no tuviese la convicción de que el Señor Jesucristo es quien lo ha hecho posible; que no ha sido por obras de justicia que yo haya acumulado sino por gracia (Tito 3:5; Efesios 2:8-10).

Bendito sea Dios que nos predestinó, nos llamó, nos justificó y nos glorificó (Romanos 8:30). Lavados en Su Sangre podemos decir ¡ABBA, PADRE! (Romanos 8:15), podemos gritar todo lo puedo EN CRISTO que me fortalece (Filipenses 4:13). Este corazón mío seguiría siendo un depósito de pecado sin el “Zoe” -aliento de vida- de Dios. Así que, Señor, por cuanto conoces mi corazón, ¡enderézalo y haz de mí un reflejo de tu imagen!

Virginia L.

@VirgisaEscribe

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