Su corazón también se desgarró

el
Por Virginia Larrazábal

 

     Allí estaba Él, en medio de una noche oscura y fría, con su rostro vagamente iluminado por las antorchas de quienes, con apasionada violencia, se habían dado prisa para llegar hasta el lugar y aprehenderlo.      Sus ojos miraron de manera profunda los de aquel que, hacía solo unas horas atrás, mojaba el pan en su mismo vaso como señal de estrecha relación filial, aquel que le besó como sello de la traición más comentada de la historia. Así imagino en mi mente la escena que nos remonta al momento en el cual Jesús fue entregado.

     Uno podría pensar que Jesús estaría solo concentrado en lo que venía, pues tendría que beber la copa de la ira de Dios para consumar el acto más grande y definitivo para la humanidad: la redención de pecados a través de la cruxificción y derramamiento de Su Sangre. Sin embargo, no restándole ni un ápice de importancia a Su sacrificio, meditando en aquel pasaje del evangelio de Mateo (capítulo 26), me pregunté qué habría sentido o pensado Cristo cuando Judas, su mejor amigo, lo vendió.

     La palabra dice que Él se compadece de nuestras debilidades por cuanto fue tentado en todo (Hebreos 4:15), así que puertas gigantes se abren y emanan luz a mi espíritu sobre la gran ola turbulenta que tuvo que haber arrasado en Su corazón en esos breves segundos. Aún siendo Dios, Él era 100% humano. Aún cuando su carácter irradiaba Paz inconmovible, aún cuando Él sabía lo que habría de acontecer y quién habría de darle la estocada final, aún así puedo más que imaginar la cantidad de memorias que vinieron a la mente de Jesús, gritando desde su interior un gran “¿Por qué?”. Judas, al igual que todos, tenía otra opción…pero ya sabemos el resto de lo que pasó.

     Quizá muchos, sobre ese fugaz momento, hemos pasado de largo al leer las escrituras, pero ciertamente sé que Él conoce lo que es cuando el corazón se rasga por causa de una acción determinante y contundente que no se esperaba de alquien a quien se ama. Por consiguiente, si seguimos leyendo el evangelio encontramos que Jesús no se volteó ni detuvo su propósito para demandarle explicación alguna…y mucho menos para gritarle. Él no se quedó sollozando ni lamentando, mas dijo: “En el mundo tendrán aflicciones, pero confíen porque yo he vencido al mundo” (Juan 16:33).

     ¿Qué hacemos entonces cuando la impotencia, rabia, tristeza o cualquier sentimiento o reacción negativa se apodera de nosotros cuando somos los protagonistas de tal situación?…bueno, lo único que se me ocurre es que, cuando el Hijo de Dios fue levantado de los muertos, lo que Él transmitía era aroma de victoria…más allá de todo aquel lamentable episodio, me di cuenta que Jesús, en ningún momento, se enfrascó en la desdicha ni asumió el papel del traicionado, mas Él en todo su esplendor se coronó como aquel Vencedor que hoy es ejemplo, aquel que todo lo llena en todo (Efesios 1:23). Es más, si Judas no hubiese sido el traidor, la historia que se contara sobre Jesús sería otra, o bien ni siquiera habría historia qué contar porque ese personaje fue un eslabón clave para cumplir el divino propósito por el cual bajó a la tierra…¿capisci?

     Cada uno, al atravesar por inexplicables experiencias en las cuales personas importantes son cortadas de nuestras vidas, hemos sentido cómo se compunge todo nuestro interior pero, una vez más, podemos ver cómo Jesucristo, quien llevó toda nuestra vergüenza y nuestro dolor en la cruz del calvario, se hizo hombre y pasó por cada una de estas aflicciones, otorgando una inigualable y maravillosa respuesta que funge como bálsamo refrescante a nuestra alma, la cual ésta: “La paz les dejo, mi paz les doy; yo no la doy como el mundo la da. No se turbe su corazón, ni tenga miedo” (Juan 14:27).

Twitter: @VirgisaEscribe

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